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Arqueología, Astronomía

La visión egipcia del Universo

Es bien conocido que los antiguos griegos imaginaban el universo, con centro en la Tierra, como una sucesión de esferas concéntricas en las que se situaban el Sol, la Luna, los planetas y el fondo de estrellas fijas. Pero, ¿cómo imaginaban los egipcios la forma del universo?

Figura 01: Página 87 del papiro Greenfield, ‘Libro de la Salida al Día de Nestanebetisheru’, dinastía XXI (Museo Británico, EA10554).

Para acercarnos a la concepción egipcia de la estructura del universo debemos acudir a diversos textos religiosos y cosmogónicos, pero también a algunas representaciones que, igualmente, aportan pistas. Son numerosas las imágenes en las que Geb, Shu y Nut aparecen simbolizando, en esencia, la Tierra, la atmósfera y la bóveda celeste, respectivamente. Esta iconografía reproduce la visión que los egipcios tenían del universo inmediato (fig. 01).

En este sentido una de las imágenes más sugerentes es la que nos ofrece la tapa de un sarcófago de la dinastía XXX descubierto en Saqqara (fig. 02). El círculo interior muestra una lista de nomoi o provincias de Egipto, verificando así que para ellos Egipto era el centro del universo. Alrededor, un segundo círculo muestra repetido el texto “países extranjeros”, con las diosas del este y del oeste marcando los límites de la Tierra.

Figura 02: Relieve en la tapa de un sarcófago de la dinastía XXX (Museo Metropolitano de Nueva York, MMA 14.7.1B)

Alrededor, el cuerpo arqueado de la diosa Nut, representando el mundo celeste que rodea a la Tierra. A través de Nut navega el Sol, por el día y por la noche, en este caso rodeado de estrellas. Esta idea de Nut, como diosa que personifica el mundo celeste es claramente visible en la iconografía del Libro del Día y Libro de la Noche, bellamente expuesto en la tumba de Ramsés VI (fig. 03).

La duat, el Más Allá de los egipcios, quedaba también en una parte de ese mundo celeste. Era un espacio conocido por los dioses y por los difuntos, y parcialmente por los vivos. Los llamados Libros del Más Allá, que tan importantes fueron en la decoración de las tumbas reales del Valle de los Reyes, describen la duat siguiendo el camino que toma el astro solar y su comitiva durante la noche.

Figura 03: Libros del Día y de la Noche en el techo de la cámara sepulcral de Ramsés VI en el Valle de los Reyes (Fuente: Pinterest)

Figura 04: Libro de Nut en el techo de la cámara sepulcral de Ramsés IV en el Valle de los Reyes (Foto: S. Vannini).

Pero ¿había para los egipcios algo más allá del mundo celeste y de la duat? El Libro de Nut, bien conocido en ejemplos de Seti I y Ramsés IV (fig. 04) y por papiros tardíos como el Carlsberg I, nos aporta una clara respuesta a este problema:

“La lejana región del cielo existe en absoluta oscuridad. Se desconocen sus fronteras sur, norte, oeste y este. Éstas están establecidas en el nun, inertes. Allí no existe la luz del ba, una tierra cuyo sur, norte, oeste y este no es conocida por los dioses y los akhu. Allí no existe ningún tipo de luz”.

El nun, por tanto, ese lugar desconocido por los dioses y por los akhu, está más allá del mundo celeste. Tan lejano que no es conocido, pues sólo la esencia de Atum, el demiurgo, estuvo en un tiempo precreacional allí. El papiro demótico Carlsberg I explica, además, que “sucede que la oscuridad allí es mucho mayor que la que existe en la duat”. Ese espacio es ilimitado, eternamente oscuro, inerte, silencioso, todo lo contrario que el mundo conocido y observable. De los textos cosmogónicos egipcios se entiende que el nun siempre ha existido, antes de que ninguna otra cosa, que la tierra o el cielo, hubieran existido. En el nun anterior a la creación no existía el espacio ni el tiempo.

Si nos fijamos en la viñeta final del Libro de las Puertas, magníficamente labrada en el sarcófago de calcita de Seti I (actualmente en el museo Sir John Soane de Londres) o en el cenotafio del mismo monarca en Abydos, comprobaremos que esta idea también fue plasmada iconográficamente (fig. 05). Una personificación del nun alza los brazos sosteniendo la barca solar que viaja por la duat. Por tanto, el espacio acuoso del nun rodea la duat y al mundo celeste que Nut personifica. A este respecto, aunque la etimología del nombre de la diosa Nut no es clara, podría significar algo así como “la de las aguas”, verificando de este modo también una conexión entre las aguas del nun y las asociadas a Nut.

Figura 05: Viñeta final del Libro de las Puertas, en la que la Nun sostiene la barca solar que navega por la duat (ejemplos de Seti I).

En definitiva, la visión del universo que nos transmiten los antiguos egipcios es la de un mundo conocido, la Tierra, del que Egipto es el centro y queda rodeado por los demás países extranjeros hasta el límite de los puntos cardinales. Todo ello rodeado por Nut, el cielo, tanto en su aspecto diurno como en su aspecto nocturno en el que la duat, como espacio por el que transita el Sol entre el fin del crepúsculo vespertino y el matutino, queda vinculada. Quedando rodeado, finalmente, por el nun, un océano infinito, inerte, silencioso y inimaginablemente oscuro. Es por ello que las fuentes del Nilo se creían originadas por una resurgencia del nun, mientras que la bóveda celeste era capaz de protegerlos del nun.


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