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Arqueología, Astronomía

El mecanismo de Anticitera

En el Museo Arqueológico Nacional de Atenas duermen los fragmentos de un artefacto antiguo que aviva hoy la imaginación de científicos, historiadores y de aquellos con un paladar sensible para los enigmas. Se trata del mecanismo de Anticitera, una compleja máquina compuesta por numerosos engranajes de bronce descubierta en 1900 por unos buzos buscadores de esponjas cerca de la isla de Anticitera.

Tras su descubrimiento, el mecanismo, en aquel momento dividido en 82 piezas distintas, hubo de esperar dos años hasta que el arqueólogo Valerios Stais viese en él algo más que un amasijo de bronce sin función definida. Stais propuso ya en el inicio de su investigación que aquel extraño objeto se trataba de un reloj astronómico, y si bien su propuesta no fue compartida por la mayoría de sus colegas en aquel entonces, el tiempo acabó por darle la razón.

Fases de la Luna. ESO, European Organisation for Astronomical Research in the Southern Hemisphere.

El mecanismo de Anticitera es una computadora analógica, cuyo origen puede situarse entre el año 200 y el 100 a. C. Su función era predecir posiciones de cuerpos celestes y eclipses, así como predecir la fecha de los Juegos de Olimpia, los Juegos Píticos, los Juegos Nemeos, los Juegos de Dodona y los Juegos de Rodas. Algún lector podría extrañarse de que la predicción de la fecha de un evento deportivo se incluya entre las funciones de este artilugio particular, por ello sería adecuado subrayar la importancia social de estos eventos: los Juegos Panhelénicos eran celebrados en ciclos fijos de 4 años e implicaban la paralización total de la actividad social de una ciudad, así como la imposición de una tregua bélica que debía ser respetada por todos los estados participantes. Constituyen, también, un elemento vertebrador de la relación diplomática entre los diversos estados de la Antigua Grecia, generando un acercamiento regular entre sus ciudadanos y promoviendo un fuerte sentimiento de unidad.

La precisión del mecanismo de Anticitera, la minuciosidad con la que fue elaborado y su complejidad continúan hoy sorprendiendo a los estudiosos, pues no habría de encontrarse un mecanismo de relojería de este nivel hasta la aparición de los primeros relojes astronómicos europeos elaborados ya en el siglo XIV. Si bien desconocemos aún las circunstancias de su elaboración y nos siga confundiendo el conocimiento tecnológico de sus constructores, sí podemos decir que este artilugio y sus funciones encajan con los anhelos e inquietudes intelectuales de los hombres y mujeres de la Hélade.

El punto de partida de la filosofía griega, cimiento intelectual de la cultura occidental, son los filósofos presocráticos. Estos se caracterizaron por su afán en comprender su entorno, en dar cuenta de los procesos y elementos que constituían el universo que habitaban. En su escrutinio de la physis buscaron el sometimiento intelectual de una naturaleza diversa y en movimiento a principios estables y sólidos.

Alineamiento de Mercurio (arriba) y Venus (abajo). ESO, European Organisation for Astronomical Research in the Southern Hemisphere.

Este afán no quedaría abandonado con la llegada del periodo helenístico, en el que cabe enmarcar la aparición del mecanismo de Anticitera. La filosofía, que había recogido bajo su ala al conjunto de saberes hasta entonces, cambiaría su rumbo de forma paulatina tras la insultante conquista de Alejandro Magno, convirtiéndose en la ciencia del pensamiento y dirigiendo su mirada hacia el individuo. Con ello, quedan independizadas del saber filosófico las ciencias empíricas, lo que en absoluto hubo de significar un detrimento de su progreso. El mecenazgo permite la aparición de centros especializados en la investigación natural entre cuyas paredes habrían de florecer ideas absolutamente determinantes en la historia de la ciencia: Euclides asentaba las bases del saber matemático en el Museo de Alejandría. Eratóstenes de Cirene, encargado de la biblioteca de la misma ciudad, daba a luz a la geografía matemática y calculaba con increíble precisión la longitud del meridiano terrestre. Hiparco de Nicea descubría la precesión de los equinoccios y elaboraba el primer catálogo estelar conocido desde su observatorio en la ciudad de Rodas.

La precisión del mecanismo de Anticitera, la minuciosidad con la que fue elaborado y su complejidad continúan hoy sorprendiendo a los estudiosos, pues no habría de encontrarse un mecanismo de relojería de este nivel hasta la aparición de los primeros relojes astronómicos europeos elaborados ya en el siglo XIV

Desconocemos hoy entre qué paredes se trabajaría el cobre que duerme en el Museo Nacional de Atenas. Tampoco sabemos de las manos encargadas de la elaboración del mecanismo que nos incumbe, ni de las mentes prodigiosas que idearon su preciso funcionamiento. El mecanismo de Anticitera continúa, y quizás jamás deje de ser así, siendo un misterio. Pero en sus precisos engranajes, en la belleza de su complejidad, entre el óxido y la erosión de sus piezas, late con fuerza una voluntad firme de someter a la naturaleza y al tiempo, de domar el movimiento furioso de nuestro entorno a la precisión y la estabilidad, de comprender nuestro mundo y hacerlo nuestro.

Nuestro particular objeto debería ser contemplado a la luz de un dilema vigente: si bien es cierto que la llamada “revolución científica” se sitúa comúnmente por los historiadores de la ciencia en los siglos XVI y XVII, autores como Lucio Russo, profesor de Física Matemática en la Università degli Studi di Roma “Tor Vergata”, se posicionan en contra de la espontaneidad de este fenómeno y lo explican como el resultado de una recepción adecuada de la ciencia y la tecnología del periodo helenístico, durante el que se produciría un avance magnífico de las ciencias. Si pretendiésemos defender esta teoría encontraríamos en el mecanismo de Anticitera un punto de apoyo muy interesante: el desfase claro entre nuestro conocimiento en torno a la ciencia helenística y la complejidad técnica del artefacto pone en aprietos la comprensión común de la revolución científica como salto cualitativo acontecido en la temprana edad moderna: se ha presentado ante nosotros un objeto de más de 2000 años cuya complejidad técnica solo se vería alcanzada, como hemos dicho, en pleno siglo XIV. El investigador François Charette se vale del mecanismo de Anticitera para concluir en su artículo High tech of Ancient Greece, publicado en la revista Nature en 2006, que “la historia raras veces sigue caminos simples y lineales”.

Fases de la Luna. NASA.

EL MECANISMO DE ANTICITERA Y LA MEDIDA DEL TIEMPO ASTRONÓMICO

Según podemos leer en el artículo de Smithsonian Magazine, «Decoding the Antikythera Mechanism, the First Computer» , había al menos tres eventos astronómicos que se predecían en el mecanismo de Anticitera:

  1. Las fases de la Luna
    Una bola giratoria negra y plateada mostraba las fases de la luna.
  2. El alineamiento del Sol, la luna y los planetas
    Un pomo o mango en uno de los lados permitía enrollar el mecanismo hacia adelante o hacia atrás. Cuando el mango giraba, una serie de ruedas dentadas interconectadas impulsaban al menos siete manecillas a varias velocidades. En lugar de horas y minutos, esas manecillas mostraban el tiempo celestial. Una manecilla para el Sol, otra para la Luna y un para cada uno de los cinco planetas visibles a simple vista: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno.
  3. Eclipses lunares y solares
    Había también dos discos en la parte de atrás de la caja, cada uno con un alfiler seguido de su marca en espiral, como una aguja de un reproductor de vinilos. Uno de esos discos era un calendario. El otro mostraba la cadencia de los eclipses lunares y solares.

Fuente imágenes:  NASA, ESO y Wikipedia


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