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Inteligencia artificial: el interlocutor inexistente

La idea de la evolución continua de las máquinas hasta pasar a ser entes superiores a los humanos no es nueva ni mucho menos. A finales del siglo xii, el polifacético pensador mallorquín Ramon Llull diseñó y construyó el Ars magna, un ingenio mecánico capaz de probar por sí mismo la falsedad o certeza de un postulado teológico o filosófico. Trescientos años más tarde, Leibniz cultivó esta arte para concebir su Arte combinatoria, una especie de alfabeto para automatizar el pensamiento humano de carácter general. A su vez, el otro padre del sistema binario, George Boole, interpretó matemáticamente este razonamiento lógico y asentó las bases de la aritmética computacional moderna ya a mediados siglo xix. El mismo término inteligencia artificial fue acuñado ahora hace sesenta años y, desde entonces hasta ahora, representa al mismo tiempo un anhelo y una angustia para la sociedad.

¿Qué hay de nuevo, pues, en los tiempos actuales? La sensación junto con la posibilidad científico-técnica de que estos sueños y pesadillas puedan tener lugar en nuestro horizonte vital, es decir, mientras todos nosotros existamos. Hay que reconocer que este presentimiento ya lo hemos tenido dos veces desde que terminó la Segunda Guerra Mundial. Los deslumbrantes veranos de la inteligencia artificial han dado paso, indefectiblemente, a sendas glaciaciones caracterizadas por grandes expectativas incumplidas y por recortes en la financiación que han aplazado el anhelado «futuro futurista». Lo cierto, sin embargo, es que la imbricación de la tecnología en nuestra vida cotidiana hace que nos encontremos ante una nueva primavera que nos podría situar en las puertas de un verdadero cambio de era.

Repasemos a continuación algunos de los hitos alcanzados hace poco para contextualizar una afirmación tan osada. Nuestra manía de construir robots con apariencia humana, conocidos como humanoides o androides, està cada vez más a nuestro alcance gracias a los avances en el campo de la robótica. Un ejemplo lo encontramos al proyecto iCub.org, una plataforma para la creación de humanoides que sigue la filosofía del código abierto y que ha permitido la reproducción de más de veinticinco clones por todo el mundo. Por otro lado, la biología y la ingeniería electrónica y química ya han empezado a dar vida a los primeros organismos sintéticos, inspirados en la naturaleza, pero sin las limitaciones del antropomorfismo. Estos organismos están llamados a ser autónomos, pero también están pensados para fusionarse solidariamente a nuestros cuerpos y mejorarlos, y convertirnos ineludiblemente en cyborgs: hombres y mujeres biónicos.

La imbricación de la tecnología en nuestra vida cotidiana hace que nos encontremos ante una nueva primavera que nos podría situar en las puertas de un verdadero cambio de era.

En paralelo a este desarrollo de inteligencias corpóreas, uno se queda boquiabierto ante la evidencia de hasta qué punto los algoritmos gobiernan nuestras vidas hoy en día. Estas secuencias de instrucciones bien definidas, ordenadas y finitas no solo guían las estrategias y las inversiones de las grandes corporaciones, sino que también influyen sobre las decisiones más mundanas. Cuestiones como qué película veré, qué música escucharé, qué libro leeré, de quién me enamoraré…, son ejemplos de una lista aún más larga de dilemas que resolvemos, con más o menos conciencia, siguiendo las recomendaciones de asistentes eficientes. La sabiduría de estos alter ego tiene el fundamento en el procesamiento del aluvión de datos que describe nuestro quehacer, nuestros intereses y deseos: el famoso big data.

Por si no fuera bastante, la fusión de las dos vanguardias descritas parece que permitirá generar comportamientos artificiales holísticos, es decir, donde el conjunto superará la suma de las partes. Por ejemplo, los científicos de Google DeepMind han combinado recientemente una red neuronal que imita la organización del cerebro con un procesamiento de datos y han obtenido una inteligencia capaz de viajar a través de redes complejas, como el metro de Londres, sin haber visto primero el mapa. La academia, que históricamente ha estudiado ambas aproximaciones de una manera aislada, la general y cognitiva frente a la particular y dirigida por los datos, se esfuerza ahora por emparejar estas dos corrientes de pensamiento, a menudo enemistadas, y, por lo tanto, separados bajo los epígrafes de inteligencia artificial fuerte y débil, respectivamente.

Así las cosas, son muchos los que han empezado a prever los beneficios de todo esto, y señalan que alrededor del año 2030 las aplicaciones de la inteligencia artificial habrán facilitado el desplazamiento con coches eléctricos autoconducidos o drones autónomos, habrán mejorado la calidad y la esperanza de vida con tratamientos individualizados o habrán cambiado para bien el mundo laboral y el del entretenimiento. Sin embargo, científicos cuerdos como Stephen Hawking o emprendedores estrafalarios como Elon Musk han advertido de los peligros que ensombrecen estas ambiciones, pidiendo la definición de un código ético para la robótica y la inteligencia artificial, heredando las famosas leyes de la robótica de Isaac Asimov. La voluntad de legislar y limitar el futuro, por precaución o temor, hacen patente el verdadero desafío al que se enfrenta en estos momentos la humanidad.

Las deficiencias técnicas se satisfarán más pronto o más tarde, pero el reto radica en aceptar que estamos a punto de dejar de ser los únicos seres inteligentes. Será preciso que nos demos cuenta de que hay otro conjunto de inteligencias múltiples, artificiales, que incluso podrían ser una versión mejorada de nosotros mismos en ciertos contextos.

Y alguien dirá también: aquí está tu nuevo interlocutor. Y tendremos que saludarlo, tratarlo de igual a igual, y asumir los aciertos y también los fracasos, en particular los relacionados con decisiones complejas que tienen que ver con la vida misma. Un ejemplo claro de ello es una actuación no negligente de un cirujano, que puede acabar con la muerte de un paciente mientras que salva la vida de muchos otros. Si a cargo de la operación hubiera un robot, ¿no deberíamos mantenerle el puesto de trabajo como haríamos con nuestro médico de carne y huesos? Si una aplicación inteligente decidiera a qué empresa envía nuestro currículum o qué contactos en las redes sociales son los más convenientes para nosotros: ¿a quién culparíamos de ser como somos?, ¿quién habrá dirigido nuestras vidas?

He aquí un conjunto de preguntas fundamentales que no solo se responden diseñando un protocolo de actuación ética o buscando un responsable empresarial ante una posible fechoría de un artefacto inteligente. Quizá esta entidad tiene el mismo derecho a acertar o a equivocarse que nosotros…

¿Estáis preparados para reconocer al interlocutor inexistente?


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