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Astronomía, Medicina

¿Cómo afecta a los astronautas vivir en el espacio?

La gran aventura de ampliar nuestros viajes en el espacio exterior, llegar a otros planetas y vivir durante largo tiempo ahí afuera son, sin lugar a dudas, desafíos repletos de barreras a superar. En un principio, las principales limitaciones que nos vienen a la cabeza suelen ser las asociadas a los cohetes espaciales y su relativa baja velocidad con respecto a las grandes distancias que hay que recorrer. Sin embargo, existen otros muchos inconvenientes que no son tan evidentes a simple vista. Entre ellos: el hecho de que vivir en el espacio afecta de forma permanente o temporal al funcionamiento del ser humano.

Aunque hace ya casi 60 años desde que el primer humano, Yuri Gagarin, saliera al espacio y algunos astronautas hayan llegado a vivir entre 1 y 2 años en la Estación Espacial Internacional, lo cierto es que todavía no conocemos muchas cosas sobre qué es lo que pasa en el cuerpo humano viviendo allí arriba. Por un lado, es complicado examinar la gran variedad de procesos y elementos presentes en el cuerpo humano en una muestra tan reducida de personas como son los astronautas. Por otro lado, muchos cambios son sutiles. O bien no son observables a simple vista o no aparecen hasta que la estancia en el espacio sea considerablemente larga para apreciarlos.

Para paliar estas lagunas de información, la NASA estableció hace años un ambicioso proyecto en gemelos para investigar precisamente eso, cómo afecta a la fisiología del ser humano vivir en el espacio. Para ello, estudiaron a un gemelo que vivió en el espacio durante un año comparándolo con su hermano idéntico que permaneció en la Tierra y servía así como control.  Algunos hallazgos ya se han anunciado, mientras que otros se publicarán en un artículo científico que se espera salga durante esta primavera. Mientras tanto, esto es lo que conocemos sobre los principales efectos de vivir en el espacio en el cuerpo humano:

  • Aumento de la temperatura corporal: En general, la temperatura corporal normal suele rondar los 36-37 ºC en la Tierra. Sin embargo, en el espacio, se ha comprobado que hay un aumento general de 1 ºC en la temperatura corporal de los astronautas. Concretamente 38 ºC en reposo y 40 ºC tras ejercicio físico. A este fenómeno se le ha dado el nombre de “fiebre espacial”, pues estas temperaturas serían consideradas fiebre en la Tierra. Además, estos problemas en la termorregulación corporal, concretamente en bajar la temperatura, persisten por algo de tiempo tras volver a nuestro planeta.
  • Aunque todavía no se conocen todos los detalles de por qué ocurre, sí se sabe que hay una combinación de factores que favorecen esta elevación de la temperatura corporal: La sudoración, que permite rebajar la temperatura, es menos efectiva en microgravedad, pues el sudor permanece en la piel. Por otro lado, la convección, es decir, la transferencia de calor del sudor hacia el aire, tampoco funciona como en la Tierra por la misma razón.
  • Modificaciones genéticas: La estancia en el espacio incrementa la metilación del ADN, uno de los mecanismos que normalmente produce la inactivación de genes (aunque, a veces, también puede activarlos). Científicos observaron que la expresión de miles de genes cambiaba tan pronto como un astronauta llegaba al espacio y también que este proceso persistía temporalmente tras volver a la Tierra. Además, también se ha visto que los telómeros, las hebras de ADN en los extremos de los cromosomas que sirven como protectores de éstos, eran más alargados en el gemelo astronauta que en el gemelo de la Tierra. Todavía no se sabe muy bien por qué ocurren ambos fenómenos y qué consecuencias podrían tener a largo plazo.
  • Pérdida de visión: Aunque los astronautas salgan al espacio exterior con una visión perfecta, el 80 % de ellos regresa con miopía (problemas para ver de lejos). Esto es debido a un ligero aplanamiento de los globos oculares y a una protrusión de los nervios ópticos, lo que se ha denominado síndrome de alteración visual por presión intracraneal. Las causas no están claras al 100 %, pero se piensa que es debido a cómo la microgravedad afecta a la presión del líquido cefalorraquídeo (que recubre el sistema nervioso central), favoreciendo un incremento de la presión dentro del cráneo (hipertensión intracraneal).
  • Incremento de la altura: Debido a los efectos de la gravedad, tras levantarnos de la cama nuestra columna vertebral se va comprimiendo a lo largo del día y eso hace que podamos perder algo de altura (de 1 a 2.5 cm), que recuperamos al volver a la cama. En el espacio, ante la ausencia de gravedad, este fenómeno no se da y, por ello, los astronautas son capaces de crecer entre 2 y 5 centímetros debido a la ausencia de compresión de la columna. No obstante, este incremento se pierde tan pronto se vuelve a la Tierra.
  • Descalcificación de los huesos: La estancia en entornos de microgravedad lleva a una pérdida evidente de calcio en los huesos que se agrava con el paso del tiempo si no se pone remedio. Concretamente, puede haber una pérdida del 1 % de masa ósea por mes en el espacio para un astronauta (lo que puede darse en ancianos en un plazo de un año). Además, este proceso se agrava por un déficit de radiación solar (necesaria para la producción de vitamina D).
  • Atrofia de los músculos: Al igual que los huesos, los músculos también se ven sensiblemente afectados por la estancia en un entorno de microgravedad. La falta de ejercicio de los músculos en dicho entorno lleva a una mayor destrucción de proteínas musculares con respecto a su producción, llevando a una progresiva pérdida de masa y función muscular. Para paliar estos problemas tan evidentes, tanto en huesos como en músculos, los astronautas deben realizar ejercicios intensos con prendas especiales elásticas (simulando los efectos de la gravedad) y así ejercitar las extremidades.
  • Alteración del ciclo circadiano y el sueño: Estamos adaptados a vivir en ciclos de luz y oscuridad de 24 horas. Nuestras hormonas, nuestros ciclos de sueño y vigilia y otras muchas funciones corporales están influidas por ese ciclo diario. En el espacio, sin embargo, este ritmo cotidiano se destroza completamente. Por ejemplo, los astronautas que viven en la órbita terrestre baja ven al Sol salir y ocultarse cada 90 minutos. Una de las consecuencias más evidentes de tal desmadre en el reloj biológico es una gran afectación de la calidad del sueño y lo que ello conlleva: fatiga, falta de concentración, irritabilidad…. Tan serio es este problema que en torno al 50% de los astronautas toman pastillas para dormir.
  • Incremento del riesgo de padecer cáncer y enfermedades degenerativas: La radiación cósmica, esa de la que estamos bastante protegidos gracias a la atmósfera y el campo magnético de la Tierra, campa a sus anchas en el espacio exterior (10 veces más radiación cósmica que en nuestro planeta). Estas radiaciones ionizantes pueden provocar mutaciones y, por tanto, incrementar el riesgo de padecer cáncer (especialmente leucemias) y otras enfermedades degenerativas asociadas al envejecimiento en los astronautas. Para paliar este gran problema, especialmente en largos viajes espaciales, es necesario crear naves con materiales que protejan a los tripulantes de estas peligrosas radiaciones.

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