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Meteorología

Huracanes encadenados

La frenética actividad ciclónica que está habiendo en la franja tropical del Atlántico Norte, da pie a esta entrada que escribo justo cuando el huracán Irma, de categoría 5 –la máxima en la escala de Saffir-Simpson– está rozando Puerto Rico, tras haber arrasado algunas de las Antillas Menores, y seguirá avanzando por el área caribeña los próximos días, para impactar finalmente en Florida, tal y como apuntan (con cierto margen de incertidumbre) las últimas trayectorias previstas.

Composición a color del huracán Irma tomada por el satélite GOES-16, el 6 de septiembre de 2017 a las 11:30 UTC. Fuente: RAMMB/NOAA.

A principios de septiembre (la época del año en que, según las estadísticas, es mayor la frecuencia de huracanes en el Atlántico), el que haya un huracán de la máxima categoría no debería de despertar tanto el interés de los medios de comunicación como lo está haciendo Irma. Son varias las razones que lo justifican. Quizá la principal, aparte de su potencial destructivo, sea el huracán que lo precedió, Harvey, que provocó unas inundaciones sin precedentes en la ciudad de Houston y en otras zonas del sur de Texas, que, pasados los días, todavía complican la vida a muchos miles de personas.

Harvey tuvo un proceso de intensificación muy rápido en aguas del Golfo de México, alcanzando la categoría 4 al impactar sobre tierra. Lo más llamativo de este huracán y tormenta tropical fue todo el tiempo –más de una semana– que se mantuvo prácticamente anclado sobre el sur de Texas y zonas próximas de Luisiana, provocando unas acumulaciones de lluvia extraordinarias, con las consecuencias devastadores que todos hemos podido ver en las impactantes fotografías y videos que han circulado por Internet y televisión. Ese comportamiento de Harvey, poco habitual, ha llamado la atención de los expertos en huracanes, si bien fue anticipado por los modelos de predicción, que días antes del impacto en tierra ya mostraban esa singularidad. Sorprende la pasividad con la que reaccionaron las autoridades estadounidenses ante esos primeros pronósticos, ya que, de haberlos tenido más en cuenta, seguramente se podrían haber evitado muchos dramas humanos vividos en Houston esos días, cuando las principales vías de escape de la ciudad quedaron anegadas, impidiendo la salida de muchos miles de personas, que de haber sido advertidos un par de días antes, hubieran escapado a tiempo de la ciudad.

Interestatal 10 inundada en Houston como consecuencia de las lluvias torrenciales que dejó Harvey, el 29 de agosto de 2017. Fotografía: Brett Coomer. Fuente: Houston Chronicle.

Los últimos coletazos de Harvey se solaparon en el tiempo con la formación, en mitad del Atlántico, de la depresión tropical Irma, al inicio de septiembre, cuya inicial indica que es el sistema ciclónico tropical que sigue Harvey, que empieza con la letra H. Este es el criterio usado desde hace años para nombrar a los huracanes que se forman cada temporada, cuyos nombres ya están prefijados en unas listas oficiales que confecciona la Organización Meteorológica Mundial.

Irma también sufrió un proceso rápido de intensificación, alcanzando el 5 de septiembre la categoría 5 y convirtiéndose en el huracán más intenso de todos los que se han formado en mar abierto en el Atlántico desde que se registran huracanes. También ha batido otra destacada plusmarca: es el huracán que ha mantenido durante más de 24 h vientos sostenidos superiores a 180 millas por hora (más de 333 km/h). Ha circulado un dato erróneo, pues algunos medios han indicado que Irma es el huracán más intenso que jamás se ha formado en el Atlántico. No es cierto para toda la cuenca, ya que en la zona del Caribe y el Golfo de México hay precedentes de huracanes también de categoría 5 (como el famoso Katrina) algo más intensos, de ahí el matiz antes apuntado (“en mar abierto”).

La historia de Irma está aún inconclusa. Todo apunta a que irá causando a su paso una gran devastación por Puerto Rico, la República Dominicana, Haití y Cuba. Está aún por ver si finalmente impacta en Florida o roza la península por alguno de sus flancos. Sea como fuere, estamos ante un huracán catastrófico, que se ha encadenado con otro que le ha ido a la par. La cuenca del Atlántico está en estos momentos en ebullición, ya que siguiendo los pasos de Irma se ha formado Jose, que actualmente es una tormenta tropical, pero que los modelos prevén que alcance pronto la categoría de huracán, y en el golfo de México evoluciona la tormenta tropical Katia, cuya trayectoria apunta hacia tierra, sobre territorio mexicano.

Última actualización del cono de trayectoria prevista del huracán Irma, generada por el NWS a partir de datos de NOAA. Fuente: National Hurricane Center.

Casualidad o no, estamos asistiendo a un espectáculo de la naturaleza, que algunos relacionan claramente con el cambio climático. No es una relación evidente, pues ya hubo otras veces en el pasado que el Atlántico tropical mostró una actividad igual de frenética. La relación puede existir en conexión con el calentamiento global, ya que la temperatura de la superficie del mar no es ajena a esa subida, y se observan cada vez en más lugares de la superficie marina anomalías cálidas. Ese factor contribuye a la intensificación de los huracanes, pero no es el único. Hay otros, como los vientos que soplan a determinadas altitudes, que son igual o más importantes que la citada temperatura del agua marina, en los procesos de desarrollo de los huracanes. En este caso la conexión con el cambio climático no está tan clara.


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