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El día en que América casi es devorada por las langostas

Invasión de Langostas. Gráfico: JM Álvarez / Metagràfic

SERGIO PARRA – Al más puro estilo de la invasión de El día de los trífidos o cualquier otra obra apocalíptica, en 1875 se produjo la que posiblemente fue la mayor plaga de acrídidos (Acrididae) o langostas de la historia. Una devastadora nube de criaturas que lo devoraron todo a su paso y amenazaron a América con una terrible hambruna.
Como salido de la nada, un gigantesco amasijo chirriante de langostas de las Montañas Rocosas (melanoplus spretus) invadió al oeste de Estados Unidos y las llanuras de Canadá, devastando los cultivos y devorando toda clase de cosas: el cuero, la lona, la ropa tendida, la lana del lomo de las ovejas vivas… hasta los mangos de madera de las herramientas.

Se calcula que la nube estaba formada por 12 billones de individuos (a razón de 500 por cada ser humano que hoy habita la Tierra) y su masa combinada era de 27,5 millones de toneladas.

La ensordecedora nube, que hasta eclipsaba la luz del sol, podía alcanzar 3.000 kilómetros de longitud por 80 de anchura. Tardaba hasta 5 días en cruzar en su totalidad por un punto determinado. Se calcula que la nube estaba formada por 12 billones de individuos (a razón de 500 por cada ser humano que hoy habita la Tierra) y su masa combinada era de 27,5 millones de toneladas. Autores como David Samuel Wilcove (en No way home: the decline of the world’s great animal migrations) ponen en duda estas cifras, estimadas por el físico y meteorólogo Albert Child, pero indudablemente fue la reunión más enorme de seres vivos jamás vista en la Tierra.
La plaga, además, era imparable: ni los insecticidas ni otros métodos conseguían resultados significativos. Se temió que la nube pudiera llegar a desplazarse hacia el este y empezara a devorar todo el país, lo cual hubiese acarreado unas consecuencias inimaginables, tal y como explica Bill Bryson en su reciente libro En casa: una breve historia de la vida privada.
Los granjeros norteamericanos del último cuarto del siglo XIX estaban ya atrapados en una forma de populismo rabioso que mostraba un hondo resentimiento contra los bancos y las grandes empresas […] De haberse derrumbado la agricultura lo suficiente como para producir hambre y penurias generalizadas, es muy probable que se hubiera producido también un auge abrumador del socialismo.
Sin embargo, nada de todo esto ocurrió. En 1877, la plaga de langostas fue mucho menos intensa, y al año siguiente desapareció. Fue una especie de milagro que nadie supo explicar hasta un siglo después: indirectamente, habían sido los granjeros los que las exterminaron sin advertirlo.
En invierno, las langostas se retiraban a hibernar y criar en los terrenos arcillosos próximos a los ríos de las llanuras del este de las Rocosas, que era justo el lugar donde los nuevos granjeros se instalaron. Al arar e irrigar la tierra, los granjeros estaban matando sin saberlo a las langostas y sus crisálidas durante su hibernación, exterminando la especie para siempre. El último ejemplar vivo fue localizado en Canadá en 1902.

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