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Inteligencia artificial y sentido común

El pasado 1 de septiembre, en la ciudad de Yaroslavl, el presidente ruso Vladimir Putin declaraba en una clase abierta dirigida a los estudiantes de la nación que aquella potencia que acabe por dominar el plano de la inteligencia artificial será quien domine el mundo. Elon Musk, inventor y empresario sudafricano, presidente de Space X, aprovechaba las palabras del mandatario para advertirnos:

«La competición por la superioridad en Inteligencia Artificial al nivel nacional será la causa más probable de la Tercera Guerra Mundial».

Este mensaje, publicado en su cuenta particular de twitter, ponía en alerta a los internautas y avivaba un temor latente que bien han sabido alimentar grandes obras de ficción como Mátrix y 2001: Odisea en el espacio. Musk. Más tarde, establecía que el peligro real radica en que una inteligencia artificial pudiera acabar considerando que un ataque preventivo sobre otra nación constituya la opción más lógica, desatando con ello un conflicto armado internacional.

Una inteligencia artificial que actuara de esta forma, sin duda carecería de esa “humanidad” que nos empuja a tomar decisiones haciendo uso de ese espacio emocional e intuitivo que nos permite ir más allá de la lógica en nuestra búsqueda de la decisión correcta. La posibilidad de que una máquina adquiera ese particular discernimiento del que nosotros nos vanagloriamos plantea un conflicto que encuentra su origen en los albores mismos de la inteligencia artificial y que ha recibido el nombre de “problema del marco” o “problema del sentido común”.

Imaginemos que asistimos a la mítica escena en la que Robert de Niro yRobert de Niro se encuentran en un restaurante en la película Heat. Si una persona adulta que comprendiese el idioma en el que la película se emite fuese preguntada en torno a aquello que acaba de ver, probablemente nos dijese que un mafioso y un policía se han reunido en un bar, que el policía aún no cuenta con pruebas suficientes para detener al mafioso y que ambos se han lanzado palabras amenazantes. ¿Qué ocurriría, en cambio, si esta película la viese una inteligencia artificial capacitada para ello? Sus conclusiones podrían ser del tipo “la botella de la mesa es verde” o “la distancia entre los ojos de uno de los comensales es de 4 centímetros”. Es decir, esta máquina no estaría capacitada para captar lo verdaderamente relevante de aquello a lo que ha asistido, si bien puede emitir un amplio número de enunciados sobre el conjunto de hechos observados. Terry Winograd, profesor de Ciencias de la Computación en la Universidad de Stanford y desarrollador del programa SHRDLU, declaraba que “desde hace tiempo, se ha reconocido que es mucho más fácil escribir un programa que efectúe operaciones formales abtrusas que captar el sentido común de un perro”.

¿Quiere esto decir que toda inteligencia artificial está condenada a jamás alcanzar nuestro “sentido común”? De ser así bien podríamos temer que otorgarle el poder suficiente a una máquina, como advierte Musk, implique dejar nuestro destino en manos de un “ser” aséptico, carente de empatía, cuyas decisiones podrían suponernos un peligro.

Ante el conflicto del sentido común existen dos posiciones: por un lado existen optimistas que consideran que introduciendo una cantidad de información suficientemente amplia en un sistema, habrá de lograrse que este desarrolle una capacidad de razonamiento equiparable al ser humano que no prescinda del llamado “sentido común”. Jack Copeland, profesor de filosofía en la Universidad de Canterbury, define esta posición con las siguientes palabras: “Si la hipótesis es verdadera, un robot cuyas acciones sean el resultado de manipulaciones de símbolos de un sistema universal de símbolos organizado adecuadamente será capaz de interactuar con el mundo con el mismo grado de plasticidad, ingenio y propósito que un ser humano.”

Los hay menos optimistas: no pocos investigadores consideran que la mera introducción de enunciados lingüísticos interconectados, que es la fórmula tradicional de la que han hecho uso los principales programadores de inteligencia artificial, jamás podrá generar un “ser” dotado de esta particular sensibilidad.

El problema no está resuelto, las inteligencias artificiales aun deben dar muestra del nivel de “humanidad” que han alcanzado. Hasta que tengamos claro su parecido con nosotros, si son nuestras hermanas, primas o familiares lejanos, no deberíamos bajar la alerta. Las palabras de Musk pueden sonar un tanto excesivas (y así lo han considerado magnates de la informática como el creador de facebook Mark Zuckerberg), pero aquellos que conocen bien la inteligencia emocional se preocupan aún en torno a la imposibilidad de que su nivel de complejidad alcance a comprender ese “sentido común” que es tan nuestro. Si esto no ocurriese, sin duda, la peligrosidad de que una inteligencia artificial adquiera cierto dominio sobre nuestras vidas no es una cuestión baladí.


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